Ya no puedo,
ya no puedo vivir,
sin mi,
sin aire,
no puedo.
Como cuerda,
que tiene fin,
la agarras de nuevo,
cada vez más corta,
y no quiero ver su fin,
pero tiene fin.
Mis manos vacías,
de cuerda,
y con su fin,
no hay más cuerda,
es el fin.
Las manos no quiero abrir,
con los dientes me agarro,
a lo que no tiene fin,
pero es el fin.
Ya no hay cuerdas ajenas,
donde evitar mi fin,
manos enquistadas,
oxidadas,
cerradas,
como puños de rocas olvidadas,
de tiempos,
de lamentos,
de conquistas,
y sin encuentro.
Miro mis manos,
que se esconden,
cerraditas en sus puños.
Miro mis manos,
quietecitas en sus puños,
asustadas,
sin fuerza,
como pastelitos de chocolate,
como pastelitos de nada.
Delicadas,
y en sus puños,
acurrucadas.
Sus dedos protegidos,
por un dedo,
gordo,
solitario,
que busca cobijo,
debajo de sus cuatro hermanos,
que se abren al instante,
al ver a su hermano.
Le acurrucan,
le cuidan,
y al poco rato,
entre miradas constantes,
se rozan,
por segundos,
en un baile,
entre puños que se abren.
Dedos extendidos,
con mucho miedo,
del aire,
juntitos,
separados,
por el dedo grande,
su madre.
Otro baile,
entre dedos extendidos,
y en el aire.
viernes, 13 de febrero de 2009
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